La capacidad de una llave para tubos debe cubrir el diámetro exterior del tubo o racor sin obligar a trabajar en el extremo del ajuste. Una llave demasiado pequeña apoya mal; una excesivamente grande añade peso y puede no girar dentro de un hueco estrecho. La longitud del mango aporta palanca, pero no debe utilizarse para superar la capacidad del fabricante ni ampliarse con tubos improvisados.
En una unión fija, una segunda llave puede evitar daños
Al desmontar un racor, una llave puede hacer girar la unión mientras otra realiza contrafuerza sobre la pieza contigua. Así se reduce la torsión transmitida a tuberías, soportes o conexiones ocultas. El punto de apoyo debe elegirse con criterio: sujetar una pieza débil o un tubo mal fijado puede trasladar el problema a otra unión.
Mordaza, cadena y correa no sirven para lo mismo
La llave de mordaza muerde la superficie y resulta rápida dentro de su capacidad. La de cadena rodea piezas de mayor diámetro o formas donde una mandíbula no llega, aunque necesita espacio para envolverlas. En plásticos o acabados visibles, los dientes pueden aplastar, rayar o agrietar; una llave de correa u otra herramienta específica puede repartir mejor la fuerza.
Las tuercas hexagonales deben trabajarse preferentemente con una llave o vaso que apoye sobre sus caras. Una llave de tubos puede marcar o redondear una tuerca y dificultar el siguiente desmontaje.
Cerca de paredes o dentro de instalaciones compactas importan la longitud total, el ancho de la cabeza y el ángulo disponible para mover el mango. Una llave con gran capacidad no sirve si no puede avanzar ni un paso. Mide el diámetro y también el espacio de giro antes de elegir.







